>Bowling for Guatemala

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Bowling for Columbine intenta responder una pregunta. ¿Por qué la tasa de asesinatos en EEUU es tan alta? En el transcurso del filme, Moore invita a la reflexión sobre el control de la disponibilidad de armas en EEUU, los valores que defienden los estadounidenses, las diferencias entre ese país y otros países en estadios de desarrollo similares… Varios elementos que a su criterio pueden incidir en los altos niveles de violencia en su país. En general, Michael Moore parece responsabilizar a la postura intransigente que tienen algunos estadounidenses en cuanto a su derecho a tener y portar armas, aportados en gran parte por una enmienda su constitución (que data del siglo XVII) – “A well regulated Militia, being necessary to the security of a free State, the right of the people to keep and bear Arms, shall not be infringed.” (The Bill of Rights: A Transcription, en http://www.archives.gov/national-archives-experience/charters/bill_of_rights_transcript.html)

Esta enmienda, necesaria en su tiempo en un disperso país de agricultores, en el que el Estado central si bien era fuerte, no tenía la capacidad de cubrir todo el territorio, fue propuesta en el contexto ideológico en que fue concebido EEUU, aquel en el cual las novedosas (hoy en gran parte obsoletas, pero siempre pujantes) ideas liberales toleraban y promovían el poder del individuo frente a otros individuos y frente al estado. En este concepto vago de “poder” estaría incluído el uso de la fuerza, y en consecuencia, el derecho a portar armas.

Si bien Moore parece saltar de un tema a otro sin mucha coherencia, podemos enteneder que a su parecer, esta postura, aparentemente generalizada, de que se debe mantener al mínimo la restricción al acceso a las armas, se combina con las desigualdades sociales que generan una sociedad altamente individualista y atomizada, sin ningún vínculo de solidaridad con los menos favorecidos. Habla sobre el carácter competitivo que influencia a los estadounidenses desde su formación escolar, minando la autoestima de muchos y legitimando los abusos de otros, construyendo una sociedad de ciudadanos hostiles unos con otros. A esto se le agrega el miedo infundado a la población desde el poder político, en alianza con los medios de comunicación, como un método de control social que resulta altamente efectivo en una sociedad dopada, entre otras cosas, por un consumismo desenfrenado y un apego casi absoluto a los dogmas tradicionales que definen su postura en cuanto a ideología, raza, religión y poder.

En Guatemala vivimos una situación similar. No es necesario profundizar demasiado en el análisis para descubrir similitudes entre la ideológía que dio vida a la constitución de los Estados Unidos y la que pregonan sin cesar los grupos hegemónicos en nuestro país (en parte por influencia cultural, en parte por conveniencia). Esos valores que en EEUU fomentan el progreso económico y en Guatemala legitiman la opresión. Según esta construcción intelectual, el que no tiene plata es porque no quiere, o porque es un ser humano inadecuado que no merece el éxito que se ganan los más competitivos, los más inteligentes, los más fuertes… El resultado, sin embargo es el mismo: la violencia. La misma violencia que es usada por los grupos hegemónicos para mantener el control social cuando su (¿elaborado?) sistema legitimador falla. La violencia que a los guatemaltecos nos recluye en nuestras casas tras varias vueltas de llave, alambre espigado, garita, y un ex-policía militar que mira con ojos hambrientos a nuestras hijas/esposa/madres/hermanas. La violencia que nos genera prejuicios, ayudada por nuestra ancestral e histórica -casi religiosa- predisposición a los estereotipos. Violentos éstos también. A esto se suman la competencia feroz por los recursos y la insaciable necesidad que tenemos las capas medias de acenso social, única forma efectiva de superviviencia que parecemos conocer.

Todos estos elementos, unidos en un territorio bajo el rigor de un Estado a todas luces débil e ilegítimo (Estado fallido, nos llaman algunos) incapaz de conciliar intereses tan dispares como los de un campesino sin tierra y un finquero en quiebra, nos hacen una sociedad altamente individualista y atomizada. Una sociedad donde los “libertarios” tienen un lugar privilegiado en las secciones de opinión de los diarios de mayor circulación. Una sociedad que clama a gritos que “urge mano dura” contra aquellos que considera anomalías en un sistema que debiera de funcionar. Una sociedad que vive atemorizada por los medios de comunicación que magnifican una realidad que no necesita magnificarse para ser atemorizante. Es aquí donde coincidimos con Estados Unidos. Podemos no producir héroes como Rambo, pero nos vanagloriamos de la fama sanguinaria de los Kaibiles (orgullosos miembros los Zetas) Podemos asistir a misa pedir perdón, ofrecer la paz al vecino, pero levantamos muros altísimos entre nosotros, si uno muere baleado, repetimos que se debe a que “en algo andaba metido”. Somos tan violentos como esa sociedad a la condenamos con envidia. Somos sociedas funcionalistas.
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