>Pitufeando en Honduras

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El sábado, a las ocho de la noche, arribé a Guatemala, luego de un viaje de diez horas en bus desde San Pedro Sula, a donde había partido el miércoles para participar en un evento de trabajo: El II Encuentro de Juventudes Partidarias. Intentaré no entrar en los pormenores del evento, pero para ilustrar diré que fue una actividad promovida por Instituto donde trabajo, pero que terminó siendo hosted por el Partido Nacional de Honduras (PN). He tenido ganas de escribir sobre el viaje desde antes de iniciar el retorno, pero por diversas circunstancias, entre las que se incluye la falta de voluntad para conectar mi vieja computadora, no lo había hecho.
En primer lugar, me gustaría hablar sobre la ciudad. Es la segunda vez que visito San Pedro –la primera fue un fatal viaje escolar a un torneo de basquetbol, del cuya vergonzosa experiencia escribiré en alguna otra ocasión-, y me sorprendió el explosivo crecimiento de la ciudad. Cuando fui la primera vez, allá por el 2003 o 2002, el distrito hotelero de la ciudad estaba en lo que en ese momento podríamos considerar “las afueras”, dado que los edificios de los hoteles colindaban con montañas de selva virgen, profunda, adornada por el estridente canto de aves y otros sonidos animales, particularmente al amanecer. Hoy, algunas de estas lomas se ven ocupadas por champas de madera y lámina, posiblemente derivadas del creciente auge de la industria maquilera en esta parte de Honduras. Aún así, la ciudad, que me parece inteligentemente planificada, conserva mucho orden y limpieza en sus calles, al menos si la comparamos con su hermana mayor Tegucigalpa, o con mi adorada Ciudad de Guatemala.
Obviamente, los ojos de un patojito de 16 años no son los mismos que los de un patojón de casi 24, que con cinco años de estudios de ciencia política a cuestas se siente con autoridad para criticar cualquier cosa que mire. En esta ocasión, me llamó mucho la atención el feeling de enclave colonial que tiene San Pedro Sula. Me explico.
Al recorrer la ciudad, nos encontramos con muy pocos tipos de edificios. Primero, hoteles, que están cundidos –no de turistas-, sino de ejecutivos con apariencia centroamericana y extranjera. Muy pocos restaurantes, un par de supermercados, y algunos centros comerciales, complementan una parte de la ciudad que parece construida única y exclusivamente para atender a los visitantes.
Luego, otro escenario común son los parques industriales, claramente identificables por ser construcciones enormes, horizontales, grises, genéricas y toscas. En su mayoría, creo, son plantas de maquilas, enclavadas en zonas francas (creo). Muchos miembros del PN se refieren a San Pedro con frases como “el corazón industrial de Honduras”, o la describen como la ciudad en la que los hondureños trabajan (en contraposición a La Ceiba, “donde bailan”, y Tegucigalpa, “donde piensan”). Sí, eso es parte de lo que quería decir con “feeling colonial”, pues muchos de los habitantes de San Pedro Sula vienen de otras ciudades, principalmente Tegus, la capital.
Lo más impactante fueron las viviendas, que son un indicador claro de que esta es una comunidad construida alrededor de la maquila, así como Quetzaltenango está construida sobre las fincas de café, o Antigua Guatemala  sobrevive sobre el turismo. Alrededor de los parques industriales, abundan barrios obreros de casas producidas en serie, que ascienden vertiginosamente las colinas que rodean la ciudad, exhibiendo lazos llenos de ropa puesta a secar, y paredes rayadas con expresiones de rechazo al golpe de estado acontecido el 28 de junio de 2009 (tema al que volveremos en un momento). Cerca de estas colonias fordianas, encontramos asentamientos de champitas de cartón y lámina, muy similares a los que vemos en los barrancos de Guate. Pero lo impactante es el contraste con las opulentas viviendas que parecen ubicarse todas en el mismo lugar, cerca de los hoteles. Grandes casas, pintadas de anaranjado, amarillo, o zapote, con balcones dorados en las ventanas que parecen indicar el origen árabe (o la influencia árabe bajo la que viven) de muchos de sus habitantes (con apellidos como Kafati, Canahuati, o Farrach). En una ocasión, recorrimos una calzada en donde se ubican la Universidad Tecnológica de Honduras y la Universidad Católica. Esta vía tiene, de un lado, viviendas de clase media alta con sus respectivas cajas de aire acondicionado saliendo de las ventanas; del otro, un río pantanoso, en cuya ribera se asientan champas rodeadas de basura que denotan la más absoluta pobreza. Verdaderamente dramático. Sí, en Guatemala tenemos desigualdades tanto y más profundas, pero nunca había tenido la oportunidad de ver un contraste tan sobrecogedor.
Pasando a otra cosa, hablemos de los hondureños. O al menos de los que conocí. Los miembros del Partido Nacional (conocidos en ocasiones como Pitufos) se mostraron muy hospitalarios, y me dieron la impresión de ser gente muy comprometida con su partido, dado que asumieron su papel de anfitriones con una disciplina ejemplar. Son gente muy conservadora, en concordancia con lo que se dice de su partido (reputado como el más conservador de la Honduras bipartidista, aunque ahora intente dar un giro hacia el centro, situación con la cual se relacionaba mi trabajo en el evento). Tienen en general una actitud muy nacionalista, pero a la vez muy despectiva para con su país. Se ufanan de las maravillas naturales que abundan en su territorio, pero hablan con desprecio de sus compatriotas, refiriéndose, por ejemplo, a los habitantes de las Islas de la Bahía (sector turístico del Caribe hondureño) como “negros malcriados e insolentes”, o justificando el no conocer el puerto de Omoa, a donde nos llevaron el último día que fue más que nada de esparcimiento, señalando con gestos de desdén que no les agrada el clima caluroso (que de hecho es el clima de San Pedro y Tegus). Este desprecio por el calor se traduce en que no hay edificio en San Pedro Sula sin aire acondicionado. Me sorprendió la poca amabilidad del personal del hotel, a lo que algunos nacionalistas se limitaron a comentar, no sin cierto aire de superioridad, “así es la gente aquí”, no en Honduras sino que en esta ciudad.
Los Nacionalistas son conservadores, como les decía, y tienen una actitud muy peculiar hacia la democracia. Insisten en referirse a la deposición de Zelaya como “los eventos del 28 de junio”, o “la crisis política del año pasado”, negando a toda costa que estos eventos críticos caigan bajo la categoría de golpe de estado. Son Chávez-fóbicos, anticomunistas y muchos se resisten a que su partido se convierta en socialcristiano, o que promueva la economía social de mercado, por temor a que la organización se vuelva “socialista”. Sin embargo, son gente muy abierta a la discusión, al debate, y a la crítica. Tienen una organización sólida, de más de cien años, y viven la política en un nivel mucho más profundo del que he visto en cualquier político guatemalteco (no es que conozca a muchos, pero igual…). Fueron excelentes anfitriones, y si alguno llega por casualidad a leer este blog, le expreso mi agradecimiento por una estancia muy cómoda y amena.
La comida en San Pedro es magnífica, se sirve un queso delicioso con todas las comidas, que frecuentemente incluyen carne de res. Tienen una cerveza cuyo sabor supera con creces a la Gallo que los guatemaltecos disfrutamos más por su publicidad nacionalista que por otra cosa. En particular, me encantó la Port Royal, cerveza de exportación, aunque debo decir que sé muy poco de cerveza, por lo cual me dí una emborrachada terrible el único día que parrandeé. Estos factores de su dieta, me imagino, explican la curvilineidad de las mujeres hondureñas, que en general son muy atractivas. A pesar de que detesto el calor, el clima sampedrano es muy sabroso, y al regresar a Guatemala me di cuenta de lo sin gracia que puede ser nuestro clima templado, aunque en el largo plazo no cambiaría por nada estas frías tardes de lluvia.
Creo que no tengo mucho más que decir, pero fantaseo con regresar pronto a Honduras y degustar las famosísismas baleadas, que no tuve chance de probar en esta ocasión.
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