De Indignados, Rosenberg y la protesta social (II de II)

Description unavailableEn la entrada anterior escribía sobre los movimientos de Indignados que están surgiendo en diversas partes del mundo, e intentaba aportar algunas ideas sobre por qué en Guatemala no surgen movimientos de este tipo. Reconociendo que en Guatemala la protesta social es asunto de todos los días, mencioné como causa de fondo la verticalidad y estricta jerarquización de nuestra sociedad, y como una causa más puntual propuse la incapacidad de la clase media guatemalteca de articular sus demandas con las de los estratos bajos, además de una -si se quiere- miopía, que impide vislumbrar horizontes de derechos más allá de la propiedad y el voto (y creo que debo agregar la seguridad).

Como ejemplo utilicé dos películas, una guatemalteca y otra española. Salvando las distancias (dado que una es un drama, y la otra es una comedia), considero que ambas nos indican algunas claves para entender las diferencias entre sociedades como Guatemala -donde la protesta social es patrimonio casi exclusivo de los estratos bajos-, y sociedades como la española -en donde la clase media está jugando un papel protagónico en el movimiento de Indignados-.

La película española se llama Azul Oscuro Casi Negro.  Jorge, el personaje principal es un joven con estudios universitarios que trabaja como conserje en un edificio de apartamentos. La paga es suficiente, y las condiciones laborales le permiten cuidar de su padre, un anciano con Alzheimer. Sin embargo, Jorge está insatisfecho. Está buscando un trabajo mejor remunerado y de mayor prestigio, para lo cual su experiencia como conserje viene a ser un obstáculo. En algún momento le preguntan por qué no quiere ser conserje, y responde “porque no es lo que he elegido”. Jorge siente vergüenza y frustración ante su situación, y en un momento de la película roba un traje (azul oscuro, casi negro) que anhela desde hace meses, pero que no puede pagar.

La película guatemalteca se llama Puro Mula. El personaje principal es Joel Fonseca, quien tiene más o menos la misma edad que Jorge, y que también vive con su papá. Joel es lo que en México llaman un “ni-ni”, porque ni estudia, ni trabaja. Dedica su tiempo a beber, jugar videojuegos, ver televisión, molestar a los niños de su colonia, y rasguear una guitarra desafinada, acompañándola con voz igualmente desafinada.

Joel no siente vergüenza. Joel no tiene aspiraciones. Ni estudia, ni trabaja, ni quiere estudiar, ni quiere trabajar. No quiere viajar, ni comprarse un traje, ni nada. Está perfectamente cómodo viviendo como un parásito en la casa de su papá, quien habilita su haraganería.

Las diferencias entre ambos personajes son abismales. Obviamente, con esto no quiero decir que Jorge represente a todos los españoles, ni que Joel Fonseca represente a todos los guatemaltecos. Pero es evidente que las películas nos dan algunas señas sobre las diferencias culturales entre una sociedad y otra. Mientras los españoles tienen un sentido de “entitlement”,  de merecer algo más, los guatemaltecos de clase media parecemos satisfechos con nuestra situación.

Hace un año leí un estudio elaborado por el sociólogo Gustavo Berganza, con el auspicio del INCEP, titulado “Los estratos medios en Guatemala“. El estudio  buscaba explorar las ideas y nociones de la clase media guatemalteca sobre el Estado, la política, la sociedad, el bienestar, y otros temas relacionados. Entre los resultados, hubo un tema que llamó la atención: Los entrevistados entendían el progreso individual como algo dependiente únicamente de la voluntad propia. Es decir, no percibían al Estado, la sociedad, los estratos altos o los estratos más bajos como un impedimento para el progreso individual. De esta cuenta que existan expresiones en nuestra sociedad como “los pobres lo son, porque quieren”. Y hay razones, creo, para que este segmento piense así. La ausencia de un Estado fuerte y con capacidad de brindar servicios públicos de calidad, ha orillado a la clase media en Guatemala a buscar servicios como salud y educación en el mercado, y a olvidar la posibilidad de que el Estado sea el proveedor. Desde mi perspectiva, esto explica el que la clase media en Guatemala sea tan pequeña (más de la mitad de la población vive en probreza y pobreza extrema).
¿A qué viene esto? Pues a que la clase media en Guatemala no tiene, desde esa perspectiva, nada qué demandar. Si entendemos el  progreso individual como algo que de la voluntad, la perseverancia, el trabajo, o cualquier otra práctica o actitud que nada tiene que ver con el Estado o el resto de la sociedad -como los entrevistados por Berganza-; y si encima la ausencia de trabajo, perseverancia, disciplina y responsabilidad no tiene consecuencias -como en el caso de Joel-, pues es natural que nadie quiera movilizarse en contra de nada. El único caso en que la clase media guatemalteca se ha movilizado de manera significativa es con el asesinato de Rodrigo Rosenberg, que tiene que ver con la única necesidad que no hemos sido capaces de satisfacer en el ámbito privado: la seguridad. Sin embargo, incluso en estas movilizaciones, las demandas eran por el esclarecimiento del asesinato, del cual Rosenberg en un video filmado antes de morir, acusaba al presidente. La atención se desvió entonces hacia el presidente, y los manifestantes exigían su separación del cargo (algo que en otras sociedades, más acostumbradas a este sistema exótico que llamamos democracia, se conoce como un golpe de Estado). Incluso en esas manfestaciones no surgieron demandas relacionadas con las causas profundas de la inseguridad, como la impunidad y la debilidad de las instituciones de seguridad y justicia, relacionadas con el tráfico de influencias que favorece a quienes pueden comprar protección.

Aclarando, y sintetizando. Mientras los españoles, neoyorquinos y chilenos Indignados parecen decir “tengo derecho a más, y el sistema no me lo permite, pero sí se lo permite a una minoría”, los guatemaltecos de clase media parecemos decir “deseo más, y lo lograré en función de mi esfuerzo, sin importar lo que pase con los demás”. Mientras los estratos medios en esos países se han dado cuenta que su bienestar y el bienestar de los más pobres están relacionados , y se han indignado al darse cuenta que dicho bienestar está amenazado por un sistema que garantiza el bienestar a unos pocos, en Guatemala seguimos pensando que nuestro bienestar es una cuestión individual. Mientras estudiantes universitarios y sindicalistas se han unido en Nueva York, reclamando representar al 99% de los estadounidenses contra el 1% que es corrupto y rico, los estudiantes universitarios en Guatemala parecemos empeñados en formar parte de ese 1% rico y corrupto, o bien estamos suficientemente cómodos con nuestra situación como para pasar la pena de pensar en otras posibilidades. Tengo un par de ejemplos personales. Mis papás se fajaron durante mi niñez y adolescencia, pagando un colegio al que normalmente una familia con el nivel de ingresos de la nuestra no puede aspirar. Sin embargo, mi papá está convencido de que no es sensato que el Estado recaude más impuestos, porque los políticos y burócratas no administran bien los recursos que se les encomiendan, o se los roban. A mi criterio, si quienes sí pueden pagar ese colegio con holgura, pagaran más impuestos, pues podríamos pensar en tener educación pública de calidad para todos. De manera similar, un primo mío habla de la necesidad de privatizar la seguridad social en Guatemala, porque, según dice, los funcionarios públicos que la administran no han hecho más que robarse los ahorros de quienes contribuimos a él. Pues mi primo parece ignorar la desaparición de los ahorros de miles de guatemaltecos con las escandalosas liquidaciones de bancos privados, como el Banco de Comercio, el Banco Empresarial, o el Bancafé.

En conclusión. No, las manifestaciones de indignación no se darán en Guatemala. Al menos no hasta que la clase media se dé cuenta de lo precario de su situación, y de la inminencia del descenso social, y de la necesidad de pensar en una sociedad en donde el bienestar sea un patrimonio de todos, y no un privilegio de unos pocos.  ¿Qué tiene que pasar para que los clasemedieros dejemos de aspirar a ser parte del 1%, y nos identifiquemos como parte del 99%? Eso se los dejo para que lo piensen, porque yo no tengo la respuesta.

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Un comentario en “De Indignados, Rosenberg y la protesta social (II de II)

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