¿#TomemoslaSexta? Mejor tomemos el poder

Todos conocemos el movimiento de los indignados, que ha crecido y se ha multiplicado en varios países, siendo los casos más notorios el de España, y el movimiento estadounidense #OccupyTogether, que inició en Nueva York con #OccupyWallStreet. Posiblemente algunos no conozcan es el movimiento #TomemosLaSexta, que se está formando en Guatemala, inspirado por aquellos. Lo que tienen en común todos estos movimientos es la postura crítica hacia “el sistema”, como un todo, generalmente enfocada en una crítica del capitalismo como modo de organizar la producción, además de estar conformados primordialmente por jóvenes que utilizan las redes sociales de la web 2.0 como herramienta de organización y movilización.

En esta columna, quisiera referirme específicamente al movimiento #TomemosLaSexta, el cual pude conocer de primera mano el viernes pasado. Aclaro que no busco criticar “destructivamente” (si es que puede calificarse así a cualquier tipo de crítica bien fundamentada), ni busco ser un ave de mal agüero. Lo que sí quiero hacer es aportar un par de ideas al debate que, aunque me habría gustado expresar a la asamblea reunida el viernes en la sexta avenida, considero más apropiadas para el presente espacio (entre otras cosas, para no dañar el ambiente que ahí se vivía).

La primera idea que quiero aportar se relaciona con la necesidad de diferenciar #TomemosLaSexta de los movimientos que buscan emular. Mientras que los manifestantes de, por ejemplo, #OccupyWallStreet, han decidido ocupar el centro del poder económico mundial, en Guatemala se ha elegido un espacio público recién rehabilitado, justo frente al Palacio Nacional de la Cultura, sede local del poder político –no del económico-. Es decir, aquí no hay una crítica hacia lo privado, sino hacia lo público. Y esta diferencia me parece un error porque, independientemente de la simpatía o animadversión que se pueda sentir hacia el gobernante de turno, el hecho es que #TomemosLaSexta se equivoca de culpable. Parto de la premisa de que el statu quo (sea que le queramos llamar capitalismo oligárquico o mercantilismo estatista, o como cada quien guste según su deformación académica o ideológica) se sostiene porque el poder político está penetrado, controlado, y sujeto a los designios del poder económico. Quienes se benefician más del statu quo no son precisamente el Presidente y su gabinete, sino quienes los han colocado ahí. Y no me refiero a los votantes, sino a quienes pagan las campañas, o quienes les reparten las migajas de sus millonarios negocios. En este sentido, me parece que #TomemosLaSexta está reclamándole al títere, cuando debería reclamarle al titiritero.

Por otro lado, y estoy de acuerdo en que –como dicen quienes aparentan ser los organizadores del movimiento- indignarse es el primer paso, el hecho es que la indignación sobra en Guatemala. Y mientras para muchos de nosotros la idea de ocupar espacios (públicos o privados) en señal de indignación ha venido desde el otro lado del Atlántico a través de Facebook y Twitter, el hecho es que hay otros chapines que lo han venido haciendo desde hace mucho tiempo.

Propongo dos ejemplos puntuales, de entre muchísimos otros.

El primero, más cercano a esta realidad, es de quienes desde agosto ocupan la calle frente al Congreso de la república, reclamando la aprobación de una Ley de Vivienda que, entre otras cosas, legalizaría los terrenos que habitan en condiciones ya de por sí precarias. Este movimiento, me parece, guarda más similitudes con los indignados y ocupas. Los manifestantes duermen en carpas instaladas en el lugar, e incluso una mujer ha dado a luz en lo que ahora se llama “Asentamiento Congreso de la República”. Interesante, dado que problemas vinculados a la vivienda (el ser echados de ella por no pagar la renta o la hipoteca, por ejemplo) derivados de la crisis financiera mundial, son los que han motivado a españoles y neoyorquinos a salir a la calle y protestar contra el sistema. Mi pregunta es: ¿Cuántos de quienes han “tomado” la Sexta la han visto así de dura?

El segundo ejemplo es histórico, perenne, de origen estructural: Las ocupaciones de fincas. Estas se dan por múltiples razones, que van desde reclamos de trabajadores del campo para con sus empleadores por prestaciones laborales no pagadas, hasta la pura y dura necesidad de supervivencia. Aunque podría habernos sorprendido la dureza con que los indignados catalanes fueron desalojados de la plaza Cataluña previo a un juego del Barcelona, lo cierto es que la saña de policías y militares empleados por el Estado de Guatemala para desalojar campesinos indígenas de fincas estatales y privadas puede ser (y ha sido) mucho, pero mucho peor. Sobran ejemplos para probar esa afirmación.

Mi punto es: ¿Sabrán los indignados chapines, que protestan en la Sexta, sobre estos grupos preexistentes? ¿Estarían dispuestos a plantarse a la par de ellos y reconocer que sus demandas –aunque más concretas y puntuales, pero menos románticas- son igual de válidas?

Me parece que hace falta articular todos estos esfuerzos dispersos. Tanto los pobladores del asentamiento “Congreso de la República”, como los campesinos que ocupan fincas, como los universitarios de #TomemosLaSexta tienen frente a sí un statu quo indeseable. En mi caso, creo que es insuficiente, aunque necesario, pararse frente al poder político o económico y exigir cambios. Creo que lo importante es sumarnos, conformar mayorías, y tomar el poder político, y desde ahí someter al poder económico. Esto pasa necesariamente por una reforma política del Estado, lo cual pasa necesariamente por entrar al Congreso de la República. Aunque sonaré más romántico que los indignados, creo que es posible si acumulamos las fuerzas necesarias mediante la articulación de la mayor cantidad de demandas que hoy se expresan aisladamente. Después de todo, podemos ganar elecciones si, como dicen los de #OccupyWallStreet, somos el 99%.

Columna publicada en EditorialGT y en FashGT.